Llegar a viejo
Mientras leía el Anteproyecto de Ley de Autonomía personal y Dependencia, que garantiza y regula los derechos básicos, las necesidades y la atención a las personas en situación de dependencia, imaginaba a mi abuela paterna interrogando a los señores que han escrito esos párrafos bienintencionados y bastante complicados. Mi abuela María, una mujer de rompe y rasga que falleció a los 98 años, seguramente hubiera puesto una condición: “Que no me lleven y me traigan como si fuera un fardo” . “Los viejos, ¡ay los viejos!. ¡Cómo estorbamos!”. Con una mente clarísima, una vida muy vivida… pero prácticamente ciega. Murió en su casa, un 25 de Febrero, hace casi tres años. Jamás aceptó que la despegaran de su entorno ni consintió otros cuidados que no fueran los que ella eligió.
Mi abuela María me ha devuelto el recuerdo de esta breve historia. Un conferenciante muestra al auditorio un billete “potente”. “¿Quién lo quiere?”, pregunta. Todos levantan la mano. El conferenciante arruga el billete y vuelve a preguntar: “¿y ahora?, ¿quién lo quiere?”. Las mismas manos se vuelven a levantar. Esta vez tira el billete al suelo y lo pisotea. Así, sucio y hecho un guiñapo lo muestra a la concurrencia. “¿Quién quiere todavía el billete?”. Las manos siguen levantadas. Magnífica demostración la del conferenciante. Todos quieren el billete; da igual que esté manoseado, arrugado. El billete sigue conservando intacto su valor. Lo mismo sucede con nuestras vidas. Jamás perdemos nuestro valor. Ajados, enfermos, sin apenas movilidad porque la artrosis y la artritis nos ha dejado molidos, un poco –o un mucho- sordos, con dificultad para caminar. El conferenciante concluye: “Nada de eso altera la importancia que tenemos. El precio de la vida no radica en lo que aparentamos ser, sino en lo que hacemos y sabemos.”
Pero las cosas como son; la vejez nunca ha sido plato de gusto. Ya en el siglo II, Cicerón desarrolló en su tratado De Senectute cada una de las causas que hacen aborrecer la vejez. No obstante, encontró todo aquello que compensa lo que se ha perdido. Aunque la vejez nos vuelve inactivos y el cuerpo se debilita, la actividad intelectual no decrece. El viejo -¡qué mal suena esta palabra!- puede poner al servicio de la sociedad toda su experiencia, el cultivo del espíritu. Si los placeres propios de la juventud disminuyen para el anciano, existen otros, como la amistad y la buena conversación. “Debéis retener que yo alabo aquella vejez que descansa en los fundamentos que se han puesto en la juventud (…). Ni el cabello blanco, ni las arrugas pueden, de repente, destruir el prestigio, sino que, si se ha vivido honradamente en la etapa anterior, la última etapa recoge los frutos”.
Si esto es cierto, ¿por qué, como dijo con fina ironía el autor de Los viajes de Gulliver, Johnatan Swift, “todo el mundo quiere vivir muchos años, pero nadie quiere llegar a viejo”?. ¿Hay motivos? . Hay motivos. La catedrática de Ética de la Universidad Pompeu Fabra, Victoria Camps, cita dos: el abandono y la hiperprotección. El abandono del cuidado de los seres más cercanos, “substituido por otro excesivamente profesional y distante” y el temor a “ser tratado más como un objeto de la técnica que como una persona”. “Los mayores no sólo necesitan justicia, sino también solidaridad y afecto. Si queremos evitar que se sientan excluidos porque se les expulsa del mundo activo y queremos superar el paradigma de una medicina estrictamente curativa propiciando el cuidado, habrá que apelar a las actitudes de las personas y no sólo a una gestión de las administraciones públicas” .
Ojo con de la Ley de Dependencia. Contiene párrafos inquietantes. No sé qué les parecerá a algunos dependientes que la ayuda económica a su familia, si su familia tiene a bien cuidarlo, reciba el calificativo de “excepcional”. “El beneficiario podrá, excepcionalmente, recibir una prestación económica para ser atendido por cuidadores familiares, siempre que se den las condiciones adecuadas de convivencia y de habitabilidad de la vivienda y así lo establezca su Programa Individual de Atención” (Artículo 12.3). En el artículo 17.1 queda más que claro: “Excepcionalmente, cuando el beneficiario pueda ser atendido en su domicilio por su entorno familiar y se reúnan las condiciones establecidas en el artículo 12.3, se establecerá una prestación económica para cuidados familiares”.
Poderes públicos y persona podrían entrar en un peligroso conflicto. Porque se contempla como primera opción la inversión en centros, públicos o privados, para mejorar la calidad de vida de los seres dependientes, relegando el refuerzo de “las condiciones” y “la habitabilidad” de su entorno natural- su casa y su familia- a la cola de las prioridades. Los “dependientes” necesitan, además de salud y dinero, una tercera “prestación”: el amor. ¿También de eso se encargará el Estado?.
Sunsi Estil-les Farré
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