Jóvenes violentos
La violencia empapa todos los ámbitos en los que se mueven los adolescentes. El hogar: agresiones de los hijos a los padres, verbales y físicas. La escuela: agresiones a los profesores y entre compañeros, acoso a los más débiles o a los diferentes. La calle, los campos de fútbol, el pequeño escenario del ordenador o de las vídeo-consolas. Y no son, ni mucho menos, brotes esporádicos. Algunos profesionales que trabajan con chicas y chicos denominados “conflictivos” se preguntan por la causa y sus conclusiones apuntan hacia una dirección. Muchos padres –dicen- viven, pero no conviven con sus hijos. Y éstos suplen la ausencia con pasatiempos individuales: los juegos virtuales que los abocan a un peligroso individualismo. El joven, sin apenas advertirlo, se convierte en un pequeño tirano de lo que puede dominar con el ratón o con el mando. Y en la vida real choca frontalmente con los seres de carne y hueso, que no pueden ser teledirigidos ni eliminados de la escena con una tecla o un botón. Poco a poco diseña su existencia sin-los-demás.
Las nuevas tecnologías, utilizadas indiscriminadamente, lo lanzan hacia un aislamiento que puede tocar techo. Cuando se cruza este umbral sobreviene la destrucción de un rasgo intrínseco en el hombre: su ser social.
Al individualismo se le suma la ausencia de límites y de valores… El joven ha abandonado aquella etapa en la que dependía para todo de los padres. Empieza a tomar sus propias decisiones, a configurar su personalidad. Necesita saber qué es un “boomerang sin retorno” y dónde están las fronteras que es peligroso franquear. Pero su feroz resistencia ante todo lo que huela a autoridad provoca que los adultos caigan en el desánimo: “No sé por dónde tirar. Lo único que se me ocurre es…¡resistir!.Se confunde la educación con un pulso. Una reflexión del filósofo Alfonso López Quintás puede abrir nuevos horizontes: “Se exige a los profesores (padres) que enseñen a los alumnos valores y creatividad. Pero ni la creatividad ni los valores pueden ser enseñados; han de ser descubiertos por cada persona…”. Entonces… el papel de los educadores… ¿en qué queda?. Posiblemente se trata menos de endosar “nuestro discurso” y dedicar más tiempo en mostrar a nuestros jóvenes “las herramientas” que les ayuden a saber usar la libertad. Ser guías, dar criterios y abandonar el papel –mucho más sencillo y menos arriesgado- de instructores infalibles. Tenderles el puente que separa la orilla de conocer los valores que los hacen crecer como personas para que puedan alcanzar la que les lleva a asumir esos valores como propios, como pautas de conducta. Es la diferencia entre dar información o formar la conciencia.
Sunsi Estil-les Farré
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