PENSAR-DE-OFICIO Sunsi Estil-les.

19 Noviembre 2007

Ir a medias

Archivado en: General — Sunsi Estil-les Farré @ 19:15

Hace unos días me encontré a Viki en una zapatería. Seguramente si hubiera sido en la calle nos hubiéramos saludado, sin más. Pero una zapatería, mientras esperas que te saquen un 38, que el 37 le viene pequeño a la  niña, invita a cruzar algunas palabras. “Te leo todos los domingos. A  Gustavo y a ti. Me hace gracia porque os conozco a los dos”. Hacía años que no sabía de ella. Me alegró verte, Viki. Y a propósito de Gustavo. Ahora caigo en que a Gustavo y a mí nos separa desde hace una temporada  un leve pedazo de papel. No se me había ocurrido preguntarle “qué tal la semana; qué es lo que te ha sugerido la historia de este domingo”. Al fin y al cabo, somos compañeros de página. Están muy bien los culebrones de Gustavo. A veces siento una cierta envidia – sana- porque recompones la realidad de otra manera y consigues mantener el suspense hasta el final. Seguro que muchos lectores compran el Diari y te buscan intrigados : ¿Con qué nos sorprenderá hoy el Culebrón de Gustavo?. ¿Qué ventana abrirá esta semana?.  

Hoy quería contarles una historia, distinta de las que cuenta Gustavo, que va  de compañeros y ventanas. Así me la enviaron y tal cual la relato. Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Sólo esa  cama daba a la ventana de la habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos charlaban durante horas. Cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que  podía ver desde ella. El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas  en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior.  La ventana daba a un parque con un lago. Patos y cisnes jugaban en el agua mientras los niños lo hacían con sus cometas. Grandes árboles adornaban el paisaje y se podía apreciar  una bella vista de la ciudad. Mientras el hombre de la ventana describía todo esto con minucioso detalle, el del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la escena. Pasaron días … semanas. Una mañana, la enfermera  entró con el agua para bañarles y encontró el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. El otro hombre pidió ser trasladado a la cama que daba a la ventana. La enfermera lo cambió. Se aseguró de que estaba cómodo y salió de la habitación. Lentamente y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior… y se encontró con una pared blanca. Cuando la enfermera entró de nuevo, el hombre le preguntó  por qué razón   su compañero muerto describía cosas tan maravillosas como irreales. La enfermera le explicó que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni siquiera la pared. “Quizá sólo quería animarle a usted”.  

La historia se titula “Compartir”. Compartir es un verbo que desbarata la lógica matemática. El dolor compartido divide entre dos la pena,  pero cuando lo que se comparte es la felicidad el dos multiplica.  Como el hombre de la cama junto a la ventana, podemos quedárnosla o “ir a medias”. El de la cama junto a la ventana fue a medias con su compañero de habitación hasta el último día. Cada día es hoy y hoy es presente, obsequio. ¿Por qué no operar con la lógica del amor?.Pensaba que de cuando en cuando podríamos aparcar –aparcar no es sinónimo de olvidar-la violencia que nos envuelve, el malhumor justificado, los acontecimientos que nos angustian, nuestros miedos reales…  y seleccionar alguna buena noticia de las que  no salen en los informativos. Y decirse “hoy voy a ir a medias”, “multiplicaré o dividiré según convenga”. “Ir a medias” con nuestros habituales: los que nos topamos recién salidos de la cama, los que nos ponen o nos cobran la gasolina, los colegas del trabajo y de los minutos del café , los de la cola del súper, los que están al otro lado del teléfono… Y contagiar el “ir a medias” con los que hemos ido a medias. ¡Quién sabe! Tal vez se ponga de moda vivir desdoblando lo que nos hace sentir bien y replegando lo que enturbia las relaciones humanas. Suena utópico, pero ¡quién sabe! ¿Recuerdan la canción?. “Si tú eres así, qué suerte que ahora estés junto a mí”.  

Que pasen un buen domingo, a poder ser compartido.  Y un saludo  multiplicado o dividido – según convenga-  a mi compañero de página.

Sunsi Estil-les Farré

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