Hace 30 años
Estas últimas semanas pasarán a la historia con el número 30. 30 años desde la muerte de Franco y la restitución de la Monarquía. 30 años de libertades estrenadas con balbuceos que intentaban abrirse paso entre la espesura política. Los que nacimos en los sesenta el acontecimiento nos sorprendió en el inicio de la adolescencia. Muchos de nuestros mayores pasaron la noche con el transistor, siguiendo minuto a minuto el inminente desenlace. Nosotros conocimos la noticia recién levantados o desayunando o a punto de ir al colegio. Yo había madrugado: tenía un examen de matemáticas que llevaba regular. Recuerdo el suspiro de alivio cuando me dijeron que no había clase. ¡Bien! . El 20 de noviembre de 1975 los colegios cerraron. De esos días guardo algunas instantáneas que no acierto a definir. No sabría decir si me sonaban a fiesta o a luto . Los que nacimos en los sesenta no estábamos suficientemente “hechos” para calibrar la trascendencia de aquellos acontecimientos; tenemos en común unos años en los que ignorábamos que “Spain is different”. No vivimos la guerra de los abuelos ni la posguerra de nuestros padres. En nuestra memoria cabía lo justo, lo mínimo indispensable para ser conscientes de poseer un pasado: la infancia.
Entre tantos políticos, biógrafos, historiadores… que ocupan las pantallas de la televisión con reportajes, vivencias y estudios tan adultos con el título “Pasó hace 30 años”, echo en falta algún testimonio de ningún color, algún episodio que arranque una sonrisa benévola de cualquier signo, algo que podamos aceptar la mayoría: la infancia predemocrática, la nuestra, en la Luna-de-Valencia de casi todo pero infancia al fin y al cabo. Así la describe un individuo ocurrente que también nació antes del 65. Transcribo el extracto no literal con alguna aportación personal. He elegido lo más suave, no vaya a ser que a nuestros chicos les dé por ahí y tengamos que lamentar alguna desgracia.
Nosotros, los que estrenamos el BUP, viajábamos en coches sin cinturones de seguridad y sin airbag. Hacíamos recorridos de 10-12 h. con cinco personas y el periquito en un 600 y no sufríamos el síndrome de la clase turista. “Volábamos” en bicicleta sin casco. Construíamos carros para bajar por las cuestas con material requisado en el desván de los abuelos y sólo entonces descubríamos que habíamos olvidado los frenos. Los columpios eran de metal y con esquinas en pico. Nos rompíamos los huesos y los dientes y nuestros padres no demandaban a los culpables. ¿Qué culpables si los que hacíamos el bestia éramos nosotros?. Veraneábamos durante 3 meses seguidos y pasábamos horas en la playa sin crema de protección solar “pantalla total”, sin clases de vela o de surf… Pero sabíamos levantar fantásticos castillos de arena con foso incluido y pescar cangrejos con un apaño que simulaba un arpón. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día y regresábamos cuando se encendían las luces de la calle. Nadie podía localizarnos; no había móviles. Comíamos bocadillos de barra de medio envueltos en el papel de la charcutería. No éramos obesos; si acaso, alguno era gordo y punto. Bebíamos agua directamente del grifo, sin embotellar; los más ávidos incluso lo chupaban y si estaba oxidado ¡mala suerte!. Mirando atrás, es difícil explicar a nuestros hijos por qué extraña circunstancia todavía estamos vivos. Y los estudios … Pues sí, suspendíamos a veces si estudiábamos poco o muchas veces si estudiábamos poquísimo. Y entonces nos examinábamos en septiembre y andando. Si en verano no hincábamos codos, repetíamos curso… y también andando. Era un hecho contemplado dentro del cómputo de probabilidades. Quizá por eso el porcentaje de traumas era mucho menor.
He intentado huir del falso tópico “Cualquier tiempo pasado fue mejor” y de nostalgias infundadas. Pero entre la infancia de la tecnología punta, de agendas apretadas sin huecos para el juego , de melifluos algodones para evitar riesgos … me quedo –sin duda alguna- con la nuestra, la que se cerró hace ya -¡parece mentira!- 30 años.
Sunsi Estil-les Farré
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