El último cartucho
Se gastó ayer en la calle. En democracia, si no se escucha a la gente, la gente se hace oír fuera de las urnas. Es el recurso final. Cuando la palabra y el razonamiento se encierran en un cajón bajo llave se acude al grito y a la pancarta. ¡Malo!. Después queda canalizar y traducir en hechos lo que piden los ciudadanos. Y ahí juega un papel fundamental la sensibilidad, el talante o el talento de los que nos gobiernan. La que suscribe ha tratado este tema muchas veces; creo que demasiadas. Éste también es mi último cartucho. La LOE ya está en el Congreso. Sus señorías tienen en sus manos salvar las diferencias que esta Ley ha generado. Sin acritud pero sin florituras expongo que:
El Proyecto de Ley de Educación anula mi libertad. Una libertad que es mía; no necesito la venia de nadie para hacerla servir. Sería una contradicción. Soy libre por el mero hecho de ser persona; no preciso que me dé permiso un país o una Constitución. Como persona puedo y debo exigir el pleno uso de la misma. El Estado “tiene que” –perífrasis obligativa- respetarla. Si me la niega o limita pierde su legitimidad. Porque la persona es anterior al Estado. Legalidad y legitimidad no siempre coinciden. No obstante y aunque no es necesario que esté escrito en ninguna parte, una de las libertades fundamentales reconocidas por la ONU –ya no recurro a la Constitución; de tanto traerla y llevarla está en cama con un gripazo de aúpa- es el derecho a educar a los hijos conforme a mis convicciones, siempre y cuando mis convicciones no causen daño físico y/o moral a los hijos. Entonces sí; el Estado podría y debería retirarme la patria potestad.
Está claro que la educación de mis hijos, salvo el caso citado anteriormente, me corresponde a mí. Es un derecho y una obligación: las dos caras de la misma moneda. Nadie puede arrebatármelo. Los Estados totalitarios –supongo que no hay interés en volver a resucitarlos- niegan este derecho/deber; les “interesa” controlar la forma de pensar de todos, fundamentalmente en la infancia y en la juventud. La explicación sólo puede ésta: nadie mejor que ellos y nadie excepto ellos para velar por la “buena educación” de los niños. Una ideología que implantó el pensamiento único. Una ideología que aplasta el ejercicio de la libertad. Y una libertad que no se puede ejercer… no existe.
A mayor diversidad, mayor libertad. Una verdad de perogrullo, que parece mentira lo que cuesta entenderla. El Estado no sólo debe permitir, sino promover escuelas que respondan con la mayor fidelidad posible a la pluralidad social. Pregunto. ¿Por qué la LOE penaliza mi elección si mi elección no encaja con la escuela que diseñan los poderes públicos?. ¿Por qué pago dos veces, con mis impuestos la enseñanza estatal que no uso y de mi bolsillo la enseñanza que he elegido?. Y si paso por alto este “detalle” y trago… ¿por qué vuelvo a encontrarme con nuevos obstáculos?. ¿Por qué se me impone una zona concreta y un sistema de puntuación que me impide definitivamente la elección de centro, también en el caso de que me decida por un concertado?.
Creo no errar el tiro al señalar que el quid de la cuestión es la concepción de la enseñanza como un “servicio público”, de exclusiva competencia del Estado.
Como dice el anuncio, si esto no es intervensionismo …. mi madre es Majorette -perdón , mamá - . Y no es el caso.
Sunsi Estil-les Farré
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